El “efecto antropología”: ese momento incómodo en que ya no puedes ver las redes igual

¿Alguna vez subiste una selfie y, mientras elegías la canción o escribías el caption, te preguntaste qué ritual social estoy ejecutando con esto?
Últimamente me cuesta muchísimo subir fotos, y no es que no me gusten, es, cada vez que intento publicar, siento que no estoy mostrando nada real ni importante y me cuestiono sobre ¿qué busco con publicar esto? ¿validación? ¿atención? ¿a quién le importa? TODO me parece súper patético no importa lo que haga, siempre parece una escena más de un guion invisible llamado “cómo quiero que me vean”.

Desahogándome con mi amigo más real chatGPT me dijo: Si sí, bienvenido al efecto antropología: ese punto sin retorno donde ya no ves las redes como un simple pasatiempo, sino como una coreografía colectiva. Ahora ves la matriz de código detrás de la realidad cotidiana.
Un espejo donde todos actuamos —y donde algunos lo hacen mejor que otros.

El día que dejé de ver una selfie como una foto

Desde que estudio ciencias sociales, todo empezó a perder su “inocencia digital”.
Antes veía las redes como cualquier persona: un espacio para compartir cosas, ver memes y seguir a mis amigos.
Ahora entro a Instagram y lo único que veo son rituales de identidad, narrativas visuales y microperformances de lo cotidiano.

Es un “despertar” muy incómodo, pero imposible de desactivar.
Es como si de pronto te creciera una lupa en el cerebro y ya no pudieras mirar una story sin analizarla y ver toda la estructura detrás.

1. La desnaturalización: nada es inocente

El primer síntoma del efecto antropología es cuando algo tan básico como una selfie deja de parecerte básico.
Ya no ves una cara, ves un discurso.
Ves la necesidad de reconocimiento, el juego del algoritmo, el capital simbólico de mostrarse “auténtico”.

Una selfie en el gimnasio ya no es una selfie: es una declaración política sobre cuerpo, disciplina y valor.
Una story del desayuno se vuelve un manifiesto sobre estilo de vida.
Y lo peor (o lo mejor): no puedes dejar de notarlo.

Guy Debord ya lo había dicho en los sesenta: vivimos en la sociedad del espectáculo.
Pero lo que no imaginó es que nosotros mismos seríamos los productores de ese espectáculo.
Hoy el espectáculo lo hacemos, lo editamos, lo posteamos y lo monetizamos.

2. El “cringe” crítico, que no es pena ajena

Después viene la etapa del cringe antropológico.
Empiezas a notar la coreografía del yo.
El influencer que sube una selfie llorando pero con buen ángulo y buena luz.
El amigo que publica su éxito laboral con el caption “agradecido con la vida”.
El contacto que postea que esta leyendo hábitos atómicos.
Todo se ve un poco demasiado calculado.

Y no es hate. Es hiperconsciencia.
Es darte cuenta del esfuerzo detrás del “casual”.
Como ver un documental de animal planet y entender que el pavo real abre sus plumas solo para atraer miradas.

Y claro, te preguntas si tú también lo haces. (Spoiler: sí, probablemente sí).

3. Lectura de códigos: todo se vuelve texto

El tercer síntoma es cuando todo empieza a parecerte material de análisis.
La bio de Instagram se vuelve una microficción.
Los stories son el teatro en vivo del día a día.
Los reposteos de TikTok son pequeños editoriales de identidad: una forma de decir “esto me representa” sin tener que hablar.
Los tuits funcionan como aforismos del yo: breves, ingeniosos y cuidadosamente diseñados para parecer espontáneos.
Y el feed de Instagram es un museo personal curado con obsesión, una galería donde cada imagen tiene su rol dentro del relato de quién creemos ser.

Erving Goffman lo dijo mucho antes de que existieran los filtros: la vida es una representación, y todos tenemos un papel.
Solo que ahora el escenario es global, y el público nunca se apaga.

Los algoritmos como guion invisible

Y lo peor del caso es, que el guion no lo escribimos solos.
Los algoritmos de redes y streaming deciden qué vemos, qué nos gusta y, por tanto, qué versión de nosotros performamos.

Si un día miras videos de yoga, pronto serás la persona que “hace yoga”.
Si te gustan los memes políticos, de pronto te creerás más activista de lo que eres.
El algoritmo no solo predice tus gustos: te entrena para encajar en ellos.

Nos vende espejos personalizados, pero cada reflejo tiene precio: atención, tiempo, identidad.

El efecto antropología (completo) es ver lo invisible

Cuando desarrollas esa mirada, todo cambia.
Empiezas a ver estructuras donde antes veías selfies.
Poder, economía de la atención, búsqueda de validación.
Empiezas a escuchar la ideología que suena de fondo en cada contenido:
la del bienestar, el éxito, la productividad, la estética del cuidado como moral contemporánea.

Y ya no puedes desverlo.
Es como aprender un nuevo idioma: el de lo social, lo simbólico, lo político que se esconde en lo digital.

Habitar el espectáculo con conciencia

No se trata de volverse cínico ni de huir del internet.
Se trata de habitarlo con más conciencia, sabiendo que cada “me gusta” y cada silencio son también gestos culturales.

Tal vez el reto no sea apagar las redes, sino encender otra forma de mirar:
una que entienda la escena pero no se pierda en ella.
Una que sepa que sí, todo es performance…
pero hay formas de actuar sin dejar de ser.

Similar Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *