hacer famosa a gente pendeja

Cada cierto tiempo en redes aparece una frase que siempre me ha parecido cuestionable por la superioridad moral que supone al emisor:
“Dejen de hacer famosos a gente pendeja.” Y aunque entiendo de dónde viene —ese ruido con los contenidos vacíos, con la sobreexposición de lo banal o lo éticamente cuestionable—, creo que la conversación que realmente necesitamos no va por ahí.

El punto no es cancelar ni decidir quién merece visibilidad.
El punto es educar en alfabetización digital y mediática.

Vivimos en un entorno donde todos producimos y consumimos información constantemente y eso esta bien. Y sé que los algoritmos actúan para polarizar pero también me encanta que se documente la diversidad humana en tiempo real, con toda su crudeza y autenticidad y la idea de romper el monopolio de la narrativa al ser voces fuera del canon.
Aquí la cuestión es que no todos sabemos leer críticamente lo que vemos. En otras épocas, las élites decidían qué narrativas merecían circular y cuáles no. Hoy, en cambio, el acceso es más horizontal, pero obvio también más caótico. Hoy, el espacio digital es más libre, pero también más confuso, más manipulable, más vulnerable a los intereses de quienes manejan las plataformas. Y eso implica una nueva responsabilidad.

Por eso hablar de alfabetización digital es una necesidad ciudadana.

Aprender a mirar con conciencia

Alfabetizar digitalmente no significa solo enseñar a usar herramientas o redes sociales. Significa entender cómo funciona el ecosistema que habitamos.
Saber leer los algoritmos, reconocer las cámaras de eco, identificar los discursos que se disfrazan de entretenimiento, pero que cargan con intereses políticos, comerciales o ideológicos.

Es aprender a hacerse preguntas como:

  • ¿Por qué veo lo que veo?
  • ¿Quién gana con mi tiempo y mis datos?
  • ¿Qué intereses políticos, comerciales o ideológicos se esconden detrás de los contenidos virales?
  • ¿Qué valores, emociones o sesgos están moviendo mi atención?

No se trata de dejar de consumir, sino de consumir con criterio.
De mirar con más calma un entorno diseñado para distraernos.

Como gestores culturales, educadores o simplemente ciudadanos digitales, tenemos una tarea urgente: Llevar el pensamiento reflexivo a donde está la atención de la gente, porque en esta masificación de información no se trata de seleccionar qué es “digno” de ser visto, sino capacitar al público para navegar este nuevo ecosistema donde encontrará siempre miles de posturas.

Que las personas no solo entiendan el funcionamiento de los medios digitales, sino que puedan decidir cómo usarlos, cómo participar, cómo producir contenidos que aporten sentido y no solo reproduzcan tendencias.

No necesitamos más censura, necesitamos más comprensión.
No se trata de cancelar, sino de entender los mecanismos que hacen que ciertas narrativas dominen sobre otras.
Solo así podremos construir espacios digitales donde haya diversidad, pensamiento y comunidad.

Educar en alfabetización digital es apostar por una ciudadanía capaz de decidir por sí misma qué vale la pena amplificar, compartir o construir.

Y eso, más que callar voces, nos invita a escuchar mejor.

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