Siempre me incomodó esa dinámica tan común en la tech: inventar problemas elegantes para vender soluciones innecesarias. Era muy desolador ver una eficiencia de cosas que, muy incongruentemente, venía acompañada de una sensación de vacuidad, vacío, sin un sentido REAL. Y me preguntaba por ejemplo después de ver el potencial de un código ¿Para qué sirve todo este poder? pero de verdad ¿qué le aporta al mundo esto que estoy haciendo?
Y ya bueno, esa incomodidad fue la que me llevó a buscar otras formas de entender el mundo. Y fue en ese proceso de estudio y curiosidad, alejándome de la lógica puramente mercantil, donde encontré las palabras para lo que sentía: capitalismo de vigilancia, biopolítica, hegemonía.
Pero hubo una idea que no solo puso nombre a las cosas, sino que me calentó bastante: la noción de que la creación —artística, tecnológica, humana— debe aspirar a ser una herramienta de funcionalidad ética. La posibilidad de que nuestro trabajo pueda, aunque sea simbólicamente, solucionar un problema urgente en un contexto específico, me sedujo. Claro, era la pieza que me faltaba.
Y entonces, casi sin querer, mi mente empezó a traducir el concepto. La existencia de un Arte Útil implica la existencia de una Tecnología Útil.
De una una curiosidad académica pasó a ser mi necesidad más personal, yo la veía como la brújula para reconciliar mis dos mundos.
Para mí, una Tecnología Útil no es una “app con causa” o un feature de bienestar dentro de una plataforma que en su base, sigue explotándome. Esto es un cambio de raíz. Es la respuesta a la pregunta que mi yo en crisis de hace años no sabía formular.
En mi cuaderno de notas, empiezo a definir sus contornos:
➜ Nace de una necesidad, no de un mercado. Su arquitectura se diseña desde la escucha, no desde la extracción. Esto lo veo constantemente en mi trabajo: hombres blancos creando soluciones para problemas que no existen, mientras ignoran los problemas reales de las comunidades. Pienso en el contraste: en lugar de otra app de “micro-logística” que profundiza la precarización laboral de los trabajadores, una plataforma cooperativa y P2P donde ellos mismos puedan crear un fondo común de seguro médico y mapear zonas seguras. Solo es un ejemplo de la tecnología como herramienta de dignidad, no de extracción.
➜ Prioriza la soberanía sobre la escala. Su éxito no se mide en usuarios mensuales, sino en su capacidad para empoderar a una comunidad con sus propios datos. Imagino usar protocolos como los del Fediverse para crear redes sociales locales donde la conversación no tenga un dueño.
➜ Rechaza el mito del “salvador tecnológico.” Se entiende como una herramienta humilde, un facilitador dentro de un ecosistema complejo que requiere, sobre todo, de organización social y acción política.
Este marco ahora filtra mis decisiones diarias. Me ha dado un “no” más fácil y un “sí” más convicto. Me ha permitido preguntarme a mi o a colaboradores de proyectos “¿cuál es el impacto social de este proyecto?” sin sentir que lo digo por mamadora.
En fin, ya no estoy dispuesta a ser solo alguien ahí, al servicio del sistema ni hacer cosas por las que no siento una pasión o convicción. La búsqueda de una “Tecnología Útil” es el intento más honesto que tengo, por ahora, para reconciliar el poder de las tecnologías con la urgencia de un mundo más justo.
